Hermano

IMG-1598.jpgEstamos en un bar de mala muerte en Montevideo, a pocas cuadras de nuestra casa. Pedimos algo para comer y mientras esperamos surgen recuerdos del viaje.

Yo casi lo mato. Fue en Mongolia, a 90 kilómetros por hora y queriéndolo ayudar. Íbamos varios días de varias horas de manejo hacia el desierto del sur mongol y por momentos la monotonía era espesa. Íbamos en un tramo asfaltado, suerte que gozamos solo algunos días, y la monotonía era todavía más densa.
Germán llevaba mucho tiempo con las balizas prendidas pero no paraba, entonces aceleré a fondo para alcanzarlo y preguntarle si necesitaba algo. En realidad lo hice por aburrimiento. Íbamos 52 kilómetros y quedaban más de 100 para alcanzar la meta diaria. Faltaban horas de hacer esto mismo, girar la empuñadura de mi moto, forzar el velocímetro, sentir el temblor y achicar. Entonces, un pulpo flojo era excusa para frenar, un resquicio de comida era razón para desarmar el atado y cepillarse los dientes en la mitad de la nada, unas balizas saludando eran perfectas para romper el automatismo. Pero el aburrimiento mata.

Aceleré mucho, sentí el temblor de las latas pero no achiqué, porque necesitaba alcanzarlo. Fueron dos minutos de motor a tope, de sentir el cosquilleo de la velocidad, la adrenalina de exigir al máximo las capacidades de mi Shineral Y160, la moto más vendida de Mongolia, esa que no es la mejor pero sí la más fácil de reparar en algún taller recóndito de este país sin gente.

Alquilar una Yamaha o BMW sale más barato porque nadie se anima a mandarse por Mongolia en un vehículo sin mecánicos que sepan arreglarla. Entonces, los que no sabemos ni siquiera cambiar una rueda, elegimos la que usan todos, la seguridad de sentirse común.

Aceleré mucho, lo alcancé, me levanté la protección del casco y girté para que se escuchara lo que iba a decir.

– Las balizas -dije, y seguí de largo con la inercia de mi velocidad.

Dos segundos después sentí un toque desde atrás que me sacudió la moto, me puso a zigzaguear con brusquedad, a girar como un pescado recién pescado y sobre un suelo sin oxígeno, desesperado y sin control. Escuché el frenazo de la moto de Germán y después llegó el ruido inconfundible del accidente. Esa mezcla de vidrios rotos y chapas contra el asfalto, esa acumulación de sonidos intensos y revoltosos que se va diluyendo y después golpea menos hasta que se termina. Mientras, intenté no caerme.

Frenar me tomó 10 segundos y cuando al fin lo pude hacer, tenía que darme vuelta a ver qué pasó, aunque estaba helado de miedo. Choque, moto, 90 por hora, muchos bultos pesados, poca experiencia de manejo, zigzag, asfalto y revolcón, pensé antes de girar a ver lo que le hice. Aburrimiento, tedio, idea estúpida, aceleración, aviso, encerrarlo con mi moto, sentir un toque en la parte de atrás, zigzag y frenazo, pensé antes de girar a ver lo que le hice.

Yo y mi vergüenza y mi culpa y mis miedos, giramos para descubrir el tamaño del desastre y allá atrás, a unos 30 metros, Germán estaba parado, con su jean roto en la rodilla derecha y su campera desflecada en la parte de la manga izquierda. Pero levantó el brazo y a pesar del grosor de sus guantes pude ver que me hizo la señal de “ok”, la punta del dedo índice formando un círculo con la punta del pulgar , y los otros tres dedos estirados, como hacen los soldados en el silencio de una noche en las trincheras, como hacen los buzos en el fondo del mar, como hace mi hermano después de que casi lo mato.

Casi mato a mi hermano, casi mato a mi mejor amigo. No era amigo de Germán antes del viaje, solamente era su hermano y me convertí en su amigo en estos cuatro años que vivimos por el mundo. La amistad no se mide en años sino en cantidad de decisiones compartidas.

Somos más amigos a medida que nos sobreponemos a más dudas, cuando las preguntas pasan y el consenso queda. Los viajes nos obligan a muchas decisiones, por eso hay gente que se quiere mucho y se pelea todo el tiempo cuando va de viaje. ¿Dónde dormimos? ¿dónde comemos, a qué hora y qué? ¿hacemos un paseo más o ya estamos como para cambiar de ciudad? ¿bondi o taxi?

Decidir todo el tiempo. Desafiar el equilibrio, poner a prueba la química visceral, la simpatía natural, someterla a una pregunta impaciente que exige una postura. Estamos juntos o estamos enfrentados, eso es decidir. Con Germán compartimos más decisiones que abrazos, infinitos “sí”, algunos “no” y muchísimos “lo que vos quieras”. Eso nos hace tan amigos.

Hoy, de hecho, decidimos mucho: ¿dónde comemos? ¿nos sentamos afuera? ¿tomás cerveza? ¿postre? ¿pagás vos y después te lo devuelvo? ¿cuánta propina? ¿nos vamos? Decidir, parar por un segundo y preguntarnos, ¿seguimos del mismo lado?

Salimos caminando hacia casa y le pregunto si nunca se enojó por el choque que provoqué en Mongolia. Da vueltas hasta que dice “no, no, cómo me voy a enojar, son decisiones que tomamos sin saber qué va a pasar”.

Como dónde dormir, cuánto pasear o cuándo cambiar de ciudad, son decisiones que tomamos sin saber que la suma de ellas nos hará tan amigos, a pesar de que casi lo mato.

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