El milagro del pequeño productor

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Conocer Uruguay nos ayuda a entender un millón de cosas, entre ellas la realidad de los pequeños productores de nuestro país.

De camino al pueblo Ismael Cortinas paramos en lo de Luis Rivero y junto a su esposa nos dieron una clase práctica de la vida en el Uruguay rural.

“Hace 25 años que no salimos de este campo. Vamos y venimos pero siempre dormimos acá. Empezamos a trabajar a las cuatro de la mañana y terminamos a las ocho de la noche”, nos dijeron.

Nos empezaron a mostrar su tambito, nos contaron cómo producen, nos hicieron probar su riquísimo queso y nos regalaron sus historias.

Visitar una familia de humildes productores es entrar a un museo interactivo, uno que en dos horas te explica lo que es el sacrificio, la humildad y cómo es vivir con lo justo, con amor por el campo. A pesar de los pesares, “yo esto no lo cambio por nada”, dijo Luis.

Es conocer, a través de las arrugas, lo que significa pensar en sus hijos y dejar para más tarde lo suyo, trabajar para que estudien, para que vivan mejor.

El calor que sentimos al recorrer el campo de Luis nos recuerda lo difícil que es trabajar al aire libre. Imaginamos por unos minutos las heladas de su invierno y al rayo del sol entendemos lo vital que es la siesta.

Entrar al campo de pequeños productores uruguayos provoca orgullo y algo de envidia, porque a pesar de ser “chicos” son mucho más grandes que muchos.

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