Un día en la cárcel

15203133_1202245159868147_2779224495701535306_n.jpgEs poca la gente que elige ir a la cárcel y muy poca la que puede llegar a salir y decir que estuvo bueno. Por eso, cuando escuchamos del centro de reclusión Tacuabé, quisimos ir a verlo.

Este lugar es una cárcel sin rejas, un establecimiento de “máxima confianza y mínima seguridad”, en la que los presos están sin esposas y pueden vivir en casas con su familia, un lugar en la que el límite lo pone la cabeza de cada interno.

Cuando llegamos solamente vimos a un policía y algunos civiles (que ofician de cuidadores). El ambiente no se parecía en nada a lo que imaginamos de una cárcel. Luego, vimos como llegaban más personas y todos se saludaban con abrazos, se hacían chistes, pasaban bien. Por momentos nos preguntábamos: ¿algunos de ellos serán presos o entendimos mal?

Y eran nomás, gente que cometió errores y los está pagando, que asumen su culpa y coinciden en una idea central: a la cárcel no vuelven más. Estuvimos varias horas hablando con el director del centro, policías, civiles que trabajan ahí, presos y sus familias, y escuchamos halagos sobre la forma en que Tacuabé los ayuda a volver a la sociedad, a salir de lo que fueron para empezar a ser personas preparadas para recuperar su libertad.

15192574_1202245276534802_7492299347760216779_nEsta pareja tuvo a Victoria hace unos meses y está esperando que lleguen sus otros dos hijos para estar juntos de nuevo.

No aguantan la hora de verlos y volver a vivir juntos.

Él estuvo preso y ahora trabaja en el campo de al lado de Tacuabé; ella sigue cumpliendo su condena.

Ambos dijeron: “a la cárcel no volvemos más. Ahora nos toca vivir y darle algo distinto a nuestros hijos”.

Todos explicaron que hicieron algo mal y que lo primero para cambiar es asumir los errores. También nos hablaron de estar preso pero no perderse la oportunidad de criar a sus hijos, de estar presentes cuando dicen “papá” por primera vez, de poder construir una familia para que sus hijos no repitan el patrón que los hizo equivocarse a ellos.

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Todos trabajan en diferentes áreas: tareas de tambo, de granja, cortar el pasto, mantenimiento, panadería y lo que se precise. Entre lo que sale de lo rutinario, construyeron juegos para niños que se ven en la entrada de la cárcel. Sus hijos van a la escuela que está pegada al centro y sus parejas pueden trabajar y estudiar en Villa Constitución, la localidad más cercana.

Albano está preso hace más de 10 años y la última mitad del tiempo la pasó en Tacuabé. Estuvo en el Comcar, en el Penal de Libertad y ahora se encarga del tambo que produce la leche para quienes viven ahí con él. Su mujer vive con él durante los fines de semana porque es maestra en Salto y no puede viajar todos los días.

Pasamos horas con él, entre risas y lágrimas. No nos importa lo que hizo para estar ahí, lo que entendimos es lo que va a hacer cuando salga. Hoy en día trabaja medio turno en la cárcel y medio en Villa Constitución, donde atiende una carnicería. Todos los días va y vuelve solo, en su propio vehículo. Tacuabé devuelve personas, no criminales, y eso es fundamental para mirar hacia adelante.

Anderson fue futbolista, está preso y va a salir para ser futbolista de nuevo. Tiene 21 años y se encarga del invernáculo que da verduras al centro. En este momento planta morrones. Vive con su familia y dice estar pronto para salir. De su equipo anterior ya lo están esperando.

En la foto del comienzo se ve a un policía, Nico, un empleado de la cárcel, Ger y un preso charlando, naturalmente, como estaban haciendo antes que le pidamos para sacarnos la foto.

“Todos somos personas, el respeto es mutuo y no tiene que ver con marcar distancias”, nos comentaba el funcionario. En Tacuabé hay un policía por turno, a veces está en la UTU acompañando a una estudiante y en la cárcel hay solo civiles. El castigo en este lugar no son los palos, sino saber que la oportunidad de cumplir tu pena de esta forma se da una sola vez.

“Nosotros los juzgamos por lo que hacen acá, no por lo que hicieron afuera”, nos dijo un funcionario, mientras nos explicaba que el trato en Tacuabé es totalmente humano, como debería ser pero no es en otras cárceles.

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Lo que en algunas cárceles es una prisión espantosa, en Tacuabé es esta casa. Acá vive una sola familia, con cuartos para sus chicos, baño y lo necesario para vivir.

“La idea es que vivan en un barrio, que sepan mantener su casa y que críen a sus familias, porque en definitiva es lo que los espera afuera.”

Tacuabé les da algunas cosas, pero la mayoría se las ganan y pagan trabajando.

Esta tarde en Tacuabé nos ayudó a entender que somos parte de un todo, que hay gente que aprende de sus errores y que se pueden reinsertar después de cumplir sus penas.

“La sociedad tiene que involucrarse, porque los que están presos en algún momento salen y si no se los ayuda a mejorar, vuelven a delinquir y a lastimar a otros”, nos dijo un recluso.

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Seguimos conociendo lugares que nos ponen la piel de gallina A la Vuelta!

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