Una realidad injusta en el interior

14732115_1170622159697114_222818444986576710_n.jpgEn la foto estamos con Marina y Andrés, una pareja que vive en Valentines junto a una de sus hijas, que todavía va a la escuela.
La otra, de 16 años, ya vive sola en Montevideo, no porque así lo quieran sus padres ni ella, sino porque nuestro país también tiene estas cosas.

Para ir al liceo más cercano a su casa, su hija mayor debe hacer dos horas y media solo de ida. Por eso, pese al dolor y la dificultad de vivir lejos de la familia, juntos decidieron que lo mejor era que empezara 5º de liceo en Montevideo, a tres horas de su hogar.

Lo eligieron para que se acomodara a la vida de la capital dos años antes de empezar la Facultad, para que luchara contra la diferencia de nivel educativo respecto de sus compañeros montevideanos, unos años antes de que el primer obstáculo universitario la empujara a abandonar.

En el interior de Uruguay se abren los cursos según haya suficientes profesores para dictarlos. En el interior de su estancia, Andrés nos dijo: “la herencia que les vamos a dejar es la educación”.

Esta cara también muestra a nuestro Uruguay profundo, querido, pero muchas veces muy injusto.

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