La travesía en moto por Mongolia (parte 4)

IMG_7985Todo el regreso fue una hazaña: disfrutar de las dunas fue el paso uno de varios que terminaron en Ulán Bator, con una ducha que no olvidaremos. Esta es la crónica del final de la travesía, que nos dio mucho y nos dejó unas enseñanzas tan grandes como inolvidables.

La tarde en que llegamos se fue descansando, conversando, comiendo y desparramando todo lo que traíamos en las motos por nuestro ger-habitación. Había que ordenar, ver qué nos quedaba, qué necesitábamos comprar, y también había unas ganas tremendas de tener un espacio para desplegar nuestras cosas como hace cualquiera en su casa u hospedaje.

Al otro día, volvimos a charlar sobre el camino. Nos quedan varios cientos de kilómetros por camino no asfaltado y todavía menos transitado que el último tramo que hicimos y eso nos preocupa. Nos llena de dudas que las motos no están igual de bien que al salir, que hemos tenido caídas en el tramo no asfaltado, que una parte de unos 5 kilómetros de mucha arena nos robó más de una hora y que no sabíamos cómo estaba lo que nos faltaba, aunque a juzgar por las dunas gigantes que deberíamos atravesar, nada parecía muy sencillo.

A todo esto, la pregunta de si habría gers, lugares para reponer agua, alimentos y si cruzaríamos tránsito suficiente por cualquier accidente. Pasaron las horas, dejamos la cabeza procesar. Nos fuimos hasta las dunas, las subimos en algo menos de una hora, nos cansamos pero valió la pena: las vistas desde arriba son fascinantes y el desierto se ve inmenso. Conversamos un rato desde la cima, miramos al mundo desde arriba aunque sea un juego y empezamos a bajar.

Al volver a los gers, el tema vuelve y decidimos cambiar el plan original: los riesgos son mayores (la ruta es mucho más “hostil” que la que hicimos), el beneficio similar (la experiencia de andar fuera del asfalto nos alcanzó) y los paisajes iguales, por lo que mañana empezaremos a desandar el camino, 900 kilómetros hacia Ulán Bator.

El día sería andar y parar pero se disfrutaría igual.
El día sería andar y parar pero se disfrutaría igual.

Se vienen tramos conocidos pero no importa, se irá disfrutando más de las vistas, parando más por fotos y con una tranquilidad que seguro mejora la experiencia. El primer día metemos muchísimos kilómetros y volvemos al asfalto sin accidentes. Ahora queda la parte “fácil” pero más rápida. Y la ansiedad por llegar, devolver las motos, bañarnos y descansar, crece a cada minuto.

Paramos en el ger de una pareja de señores mayores, que tienen un Jeep además de una moto. Entonces, como no entramos en su ger pero ven que nuestra carpa es chiquita, nos ofrecen poner abrigos en el vehículo y que uno de los tres pase la noche ahí. Germán es el que dormirá en el auto, Joaco y Nico en la carpa.

Los aniftriones del ger y del Jeep
Los aniftriones del ger y del Jeep

La noche pasa sin nada especial y salimos temprano, con la idea de desayunar en el pueblo que está a pocos kilómetros. Ahí conseguimos internet y el tiempo se va un poco, pero como arrancamos antes de lo planeado y el día anterior rindió mucho, podemos darnos ese lujo.

Finalmente empezamos a andar y a los 52 kilómetros, Nico ve que Germán tiene las balizas puestas hace rato y no para, entonces acelera a fondo para alcanzarlo y avisarle. A los pocos minutos lo iguala, se levanta la protección del casco y le avisa. Germán baja la mirada hacia el panel, para desconectar la señal. Y cuando vuelve a mirar para adelante, ve a Nico muy cerca, piensa que lo va a tocar y se imagina cayendo y rodando por la ruta, los dos, hasta quién sabe dónde. Entonces intenta una maniobra que sale mal. Y se cae solo él.

Nico escucha el frenazo y sabe que venía rápido. Entre el susto y la reacción, el manubrio empieza a zigzaguear y casi pierde el control pero logra dominarlo y gira para volver a Germán, que ya está parado y haciendo señales de que todo está “OK” con la mano.

Sin embargo, en el piso hay un charco que crece: el tanque de nafta está pinchado. No tiene arreglo. Las siguientes tres horas se van entre conseguir que una camioneta lleve la moto en su parte trasera hasta el pueblo más cercano (a 52 kilómetros), un taller que cambie el tanque y volver a andar ese tramo, que terminaba en un ger donde nos habíamos quedado a la ida, en el que nos habían tratado muy bien y donde sabíamos que no habría problema.

Muchos empleados ayudaron a reparar el tanque roto.
Muchos empleados ayudaron a reparar el tanque roto.

Y así fue, llegamos al ger, nos recibieron con alegría y pasamos otra noche con ellos.

Lo que no pasó fue la mala racha. A la mañana siguiente veníamos bárbaro, a buen ritmo, sin frío y motivados, hasta que paramos en un pueblo a tomar agua y un mongol que pasaba por ahí señala la moto de Joaco y el piso, avisando que algo estaba goteando. Otro tanque pinchado.

Esta vez, tenía solución: una hora de trabajo entre Joaco y un mongol que sacó el tanque, le puso pegamento a la inserción de la manguera en el metal y volvió a colocar todo en su lugar. Seguimos viaje, muchos kilómetros, y sobre la noche fuimos para un ger en el que vivían más de 10 personas, con tres niños menores de cuatro años inclusive.

El ger era un caos pero compartimos galletas y té con los dueños de casa, conversamos e hicimos gestos para expresar algo de lo que queríamos contar (en general nuestros nombres, qué hacemos por ahí, de dónde somos y a qué destino vamos después) hasta que se hizo la noche y llegó la última noche de la travesía.

Al otro día, sin apuro, llegamos hasta Ulán Bator sobre el mediodía. Devolvimos las motos, nos tomamos un taxi hasta el hospedaje, dejamos nuestras cosas en la habitación y llegó uno de los momentos más preciados de la expedición: bañarnos.

Así de sucios estábamos luego de 10 días de desierto y casco puesto.
Así de sucios estábamos luego de 10 días de desierto y casco puesto.

Después de la ducha, sin planearlo, terminamos los tres en los sillones del hospedaje, conversando sobre lo que vivimos en los últimos días. Riéndonos, pensando, recordando y agradeciendo al destino, por habernos regalado esta locura.

Fueron días muy intensos y dignos de una película: hubo frío, hambre, sed, fiebre, problemas de comunicación, espacio y caídas dolorosas (aunque ninguna grave) pero también hubo risas, muchas, hubo imágenes increíbles, paisajes surreales, escenas inolvidables, personas inmejorables, muestras de ayuda y cariño indescriptibles y una suma incalculable de enseñanzas que nos llevamos, de contrabando, para siempre.

Mongolia nos dio motos, dunas de arena y días de diversión. Pero sobre todas las cosas nos dio un bombazo de realidad: nos dijo fuerte y a la cara que se puede vivir de una manera distinta, se puede no entender quién es el otro ni por qué está frente a nosotros, y sin embargo, se puede ser solidario, amable y hospitalario.

Mongolia te deja un mensaje básico pero fácil de olvidar cuando la rutina nos gana: una sonrisa, una taza con algo caliente, un consejo, una ayuda con la orientación y un lugar para dormir son tesoros que no todos tienen y a muchos menos les sobra, pero también son milagros que mucha gente está dispuesta a compartir.

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Nos vemos A la Vuelta!

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4 comentarios en “La travesía en moto por Mongolia (parte 4)”

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