La travesía en moto por Mongolia (parte 3)

IMG_7981Completamos el tramo de “ida” de 900 kilómetros y llegamos a las impresionantes dunas del desierto del Gobi. Caídas, asfalto, piedras, arena y barro en esta crónica con un nivel de hospitalidad de parte de los nómades que nos sigue enseñando que para dar hay que querer, mucho más de lo que hay que tener.

La mañana está helada pero salimos a sumar kilómetros. Las horas se van entre balizas para una foto, tomar agua, chequear mapas, preguntar algo o picar unas galletas. La primera parada grande es luego de varias horas, en un pueblo chico con un restaurante nuevo al borde de la ruta. Comemos un plato que trae carne, huevo, arroz y ensalada, muy rico, y seguimos viaje.

El día rindió mucho, vamos 260 kilómetros y empezamos a buscar un ger. Casi no hay, entonces vemos uno varios kilómetros tierra adentro pero nos mandamos igual. Llegamos, unos perros nos ladran, los camellos nos miran, y el ger está cerrado con candado. Aplaudimos para llamar la atención, miramos en todas las direcciones pero nada, no hay caso. Se habrán ido a la ciudad, quizá, pero no tenemos mucha luz natural como para quedarnos a esperar, entonces seguimos.

Tras una pequeña fase de nervios en silencio (cada uno va en su moto, pensando, imaginando y temiendo, pero no hay instancia para decirlo), encontramos un ger con una mujer y su hija chiquita, de unos 3 años. Nos da la bienvenida, sirve leche para todos y llama a su marido, que anda arreando ovejas allá a lo lejos, chiquito a la vista.

Al rato se acerca y entre presentación y picar una especie de merienda, siguen apareciendo nómades. Un señor grande con una nena de alrededor de 10 años y otro hombre con su mujer. Ponemos el trípode para sacar una foto y se divierten viéndose en la pantalla. Salimos del ger a sacarnos más y nos divertimos con el zoom en las caras de cada uno. Al final, sale esta foto entre todos:

Estamos todos
Estamos todos

Les damos a probar mate, lo examinan, lo huelen, lo prueban y a la mayoría les gusta. Hay ordeñe de yeguas para que todos tengan leche para tomar, la más chiquita se sube a un caballo agarrada de su papá y disfruta como en su cumple. La nena de 10 baila en el campo y nos dan la noticia: con gestos, uno de los señores nos señala el pasto, se abraza el cuerpo, nos señala el ger y nos hace seña de dormir.

¿Qué quiso decir? Que afuera hace frío, que durmamos adentro. La noticia es genial. Venimos cansados y la comodidad extra suma mucho. Nos ponemos a cocinar para todos, sale una pasta con salsa de tomate pero no tiene mucho éxito. El rato se va en juegos y mirar nuestra guía de Mongolia, que los sorprende por las fotos y el ancho del libro, hasta que nos dormimos.

Al otro día, metemos un primer tirón hasta un pueblo con internet, Nico se fija cómo salió Defensor, avisamos que estamos bien en nuestras casas y seguimos ruta. Fue un día de 160 pero empezó el camino de tierra y Nico está con fiebre, así que encontramos un ger y pedimos para parar.

Entramos, comemos unos sánguches de salame y queso y Nico se duerme hasta el otro día. Joaco y Germán se quedan ahí, revisando el camino, descansando hasta la cena, que los sorprende: los nómades se fueron en moto hasta el pueblo (más de 20 kilómetros), compraron de todo, cerveza incluida, y prepararon una cena-banquete con una especie de curry indio muy sabroso que los deja impactados. El dueño del ger nos saca fotos, la hospitalidad es increíble.

A la mañana siguiente salimos con el objetivo de llegar a las dunas del Gobi, el punto que pusimos como destino de la expedición. Nos separan solamente 110 kilómetros del lugar, pero no hay asfalto. Entonces arrancamos temprano y un nómade nos acompaña hasta el camino de tierra más notorio. Si no nos arrimaba hasta ahí, no sabemos cómo lo hubiéramos encontrado, parece imposible.

Si este señor no nos trae hasta el cruce, seguiríamos dando vueltas en Mongolia.
Si este señor no nos trae hasta el cruce, seguiríamos dando vueltas en Mongolia.

Pero vamos avanzando, hay partes de arena muy movediza que hacen el manejo complicado. Nos caemos. Son “accidentes” leves, por no poder sostener la moto cuando se frena, pero ni siquiera implican raspones. Hay pedregullo y las motos patinan, hay barro y las motos se frenan, hay desniveles importantes que nos obligan a frenar de golpe. Nos caemos.

Sin embargo, el objetivo se cumple. Llegamos a Kongorin Els, la duna más alta del desierto del Gobi, uno de los principales del mundo. Y decidimos pagar por dormir en unos ger-hoteles, para salir mañana a caminar el desierto, conocerlo, disfrutarlo y empezar el regreso.

Las dunas a la vista
Las dunas a la vista

Vamos 900 kilómetros y la experiencia no puede ser mejor. Misión cumplida.

¿Querés más?

Leé la parte cuatro así recorrés Mongolia junto a nosotros.

Acá están todos los posteos de nuestra visita a Mongolia.

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Nos vemos A la Vuelta!

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3 pensamientos en “La travesía en moto por Mongolia (parte 3)”

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