La travesía en moto por Mongolia (parte 2)

IMG_7829Otro día de ruta en Mongolia. La monotonía del asfalto que se empieza a notar, un almuerzo como estrellas del pueblo, una cena sangrienta, una cantidad de kilómetros que nos pone contentos y la hospitalidad de siempre, increíblemente grande. Otra crónica de nuestros días por las rutas de este hermoso país.

Empacar las cosas lleva tiempo, en serio. Hace frío, entonces las manos están brutas. Envolvimos todo en impermeables para que el rocío no moje lo que quedó afuera de la carpa y el movimiento implica desenvolver, reordenar y atar a la moto. Además, hay que pensar qué queda por usar en la mañana porque sino lo atás y a los cinco minutos te das cuenta de que lo precisás. Nos pasó con las cosas del desayuno y casi nos vamos sin tomar nada.

Pero bueno, salimos para la ruta alrededor de las 11, la idea es cumplir los 150 kilómetros diarios, conseguir un lugar dónde acampar y así hasta que lleguemos a Kongorin Els, la zona de dunas más altas y atractivas del desierto del Gobi, ícono turístico de Mongolia.

Manejar motos es algo novedoso para nosotros dos y no tanto ni tan poco para Joaquín, el mendocino que conocimos y se sumó a la travesía. Sabe algo de mecánica y despunta el vicio del montanismo o sea que siempre anda orientado, atento a que no nos falte agua y encara con el tema acampar, armar y desarmar y esas cosas.

Sin embargo, aunque no van más de 100 kilómetros manejados, el asfalto se empieza a hacer monótono. Las motos no superan lo 60-70 kilómetros por hora y cuando llegan al topa vibran con una intensidad que provoca cosquillas. Nuestra idea no es andar rápido pero más allá del paisaje, que es hermoso pero no cambia cada 100 metros, la manejada se vuelve anodina y un poco en chiste, un poco en serio, ya queremos que llegue la parte no asfaltada de la expedición.

A las tres de la tarde atravesamos un pueblo de unas 25 casas y decidimos parar a almorzar. Un ger-restaurante nos abre sus puertas y nos pedimos unos “buuza”, que en inglés se llaman “dumplings” y consisten en unos bocados de masa, casi esféricos, que envuelven una albóndiga de carne picada bastante grande, digamos que con 3 o 4 deberíamos llenarnos. Nos pedimos 4 y seguimos viaje. La parada sirvió también para calentar los cuerpos, dado que a más velocidad, mayor es el frío en puños y rodillas.

3A la salida, unos seis niños están rodeando las motos. La realidad es que al lado de las nuestras hay una moto enorme, bien para expediciones, toda negra y equipada, que es la razón por la que están ahí. La maneja una pareja de locales que van más lejos que nosotros pero que al mirar el mapa nos explicaron que sería muy peligroso llegar sin idioma hasta donde lo hacen ellos.

De todos modos, cuando los niños ven que las tres motos más sencillas pertenecen a extranjeros, se acercan y nos saludan y nos miran. Arrancamos y hay que seguir. Dos horas y cuarenta minutos más alcanzan para que el día marque las 17:40, el cuenta kilómetros indique que avanzamos 190 unidades y nuestras bocas respondan sí a la pregunta de si queremos buscar un ger para pernoctar.

A 22 kilómetros de Dalanzadgad (una de las dos ciudades “grandes” que separan el desierto de Ulán Bator) encontramos una típica carpa mongola al azar y nos acercamos. La mímica del día anterior, la respuesta del día anterior. No entendemos bien pero pasen, pónganse cómodos, tomen leche de yegua fermentada (“airag” en mongol) y después vemos.

Hacemos caso, es hora de sentarse un rato, recuperar calor y conversar. “Minii neriig Nico, minii neriig Germán”, repetimos como robots. Entienden que nos estamos presentando y nos responden sus nombres, que suenan mucho más chinos que rusos y que recordarlos es un milagro que se nos da solo con algunos cortos y sencillos.

Empezamos a repetir frases del librillo, ellos se ríen y miran el libro para responder en nuestro idioma. Por ejemplo, si tienen 49 años, nos dicen 40-9 y nos señalan en el diccionario, para que entendamos. Hacemos chistes, como señalarnos los unos a otros y decir números de edad mucho más grande de la que tienen. Nico señala a Germán, que tiene cara de cansado y dice “Zuun”, o sea 100, y los nómades se ríen.

Al rato, como si fuéramos poco (ya conocimos unos 8 nómades), cae un tipo de unos 30 y algo de años, con su hijo y sus padres. Ni bien el resto escucha el ruido del motor de su auto, salen a trabajar. Entonces entendemos que llegó un jefe, no sabemos de qué ni de quiénes, pero que manda, manda. Después de entrar y tomar un fondo blando de “airag” cada uno, hablamos un poco en inglés con el que recién llegó (muy poco) y llama por celular a un amigo que habla bien, con quien nos pone al habla para que le expliquemos qué precisamos. Hablamos y pide que le pongamos al amigo nuevamente, para traducirle. Cortan, el joven habla para todos, da unas indicaciones y nosotros no entendemos mucho qué pasa.

Al rato, cuando salimos a apreciar un poco las vistas, mirar el ganado que tienen, cómo trabajan y sacar unas fotos, vemos que dos de los nómades traen una cabra, le afeitan un poco el pecho con un cuchillo, le hacen un tajo, le meten la mano, le sacan el corazón y se lo aprietan hasta paralizarlo. Nos impresiona, porque ojos que no ven, corazón que no siente, y estamos viendo todo.

Acto seguido, entran la cabra al ger y empiezan a cuerearla. Nosotros miramos de reojo y cada tanto se escucha un “clic” de un hueso quebrado, la respiración agitada de los que tironean del cuero para separarlo de la carne, los movimientos del que hace los cortes y la entrada y salida de las mujeres, que limpian algunos órganos y ya los ponen a hervir.

En menos de una hora vimos una cabra viva, que pasó a estar muerta, luego con su piel separada de su carne, luego abierta y sus órganos separados, categorizados, higienizados y puestos a hervir. La carne ya cuelga, en trozos, de unos palos que hay adentro del ger. Ahí vamos a pasar la noche.

Al rato llega la cena, una bandeja enorme que rota con de todo lo que viene de la cabra. Hay hígado, algo de carne, morcilla de su sangre y más cosas que no reconocemos ni probamos. Ellos le entran a todo, nosotros a lo que parece más rico. En general, nada es feo, pero la sensación de haber visto el proceso lo hace un poco menos sabroso y algún pelo de cabra termina entre los dientes.

Al fondo, una cabra con el corazón afuera y el cuero a medio sacar.
Al fondo, una cabra con el corazón afuera y el cuero a medio sacar.

La fiesta sigue, los locales nos enseñan un juego tipo “piedra-papel o tijera” en el que el perdedor hace fondo blanco de leche de yegua. Nico gana uno y pierde el siguiente. Panza llena, no juega más.

Las charlas siguen, mímica incluida, por sectores. Los dos jóvenes que más se ríen andan entre los 20 y los 30 años (por la vida que llevan, la piel de los nómades está muy dañada y en general aparentan mucho más de lo que tienen, por eso se vuelve difícil estimar una edad). Sea entre ellos o con nosotros, siempre terminan a las risas.

Los mongoles tienen un sistema de calificación de las cosas que va del 1 al 5 y en el que el mejor es el pulgar para arriba y el peor el menique. En el medio, los dedos del medio. Cuando una moto se rompe, llegan, señalan la moto y exhiben el dedo menor. Cuando una comida está buena, pulgar arriba para el cocinero. Y los del medio, para significar sensaciones matizadas. Entonces nos señalamos a las espaldas y mostramos el menique, como queriendo decir “este es un desastre” o algo así. Y los pibes se matan de risa. Es lo que podemos hacer, con tan poco idioma. Y parece alcanzar, porque ellos son de lo más simpáticos y la mera visita de extranjeros ya les cambia la noche.

Nos vamos a la carpa y el que hace un rato llegó en auto gira su vehículo, lo apunta a nosotros y nos prende la luz hasta que entramos y nos acomodamos para dormir. Tu casa es mi casa aunque ya estés afuera.

Y a descansar, que mañana hay seguir acelerando.

¿Querés más?

Leé la parte tres y cuatro así recorrés Mongolia junto a nosotros.

Acá están todos los posteos de nuestra visita a Mongolia.

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Nos vemos A la Vuelta!

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2 pensamientos en “La travesía en moto por Mongolia (parte 2)”

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